Alejandro Useche
"Iniciar
este espacio con el tópico del destino no es cosa de la casualidad. Cuando algo
nace, sus suertes se echan. Y así como el hado es perfecto, pongo en el tapete
la imagen del anillo, imagen perfecta, como vivencia del destino. Me ha
parecido, antes que citar fuentes antiguas y pasajes literarios, comentar este
motivo con un producto más contemporáneo y masivo: la versión fílmica de El
señor de los anillos, basado en la trilogía de J. R. R. Tolkien, por
parecerme un compendio actual de las distintas facetas de dicha imagen.
Cuando
el anillo abandona a Smeagol (Gollum), queda claro que el destino es
independiente y superior al hombre y que no se somete a su pequeña voluntad
porque forma parte de un plan mayor. Así, el hecho de que Frodo reciba el
anillo como herencia de su tío Bilbo es un indicador claro de otra idea: el
destino es algo que se recibe, es una ofrenda, un regalo. Asimismo, el episodio
parece tener resonancias en otros niveles, especialmente en lo que concierne a
la relación que existe entre destino individual y destino familiar. Baste
pensar en lo común que es que un hombre repita los mismos errores de su padre o
madre (o que desarrolle virtudes análogas a ellos). La psicoterapia es
abundante en documentos en torno a los procesos mediante los cuales el
individuo traslada los mandatos parentales (patrones conductuales provenientes
de los padres) de la esfera familiar a la conyugal. Así, el destino implicaría
una memoria, una y otra vez revivida y reelaborada por los sucesores.
Un
anillo es perfecto porque implica un círculo. Esta figura geométrica no posee
ni principio ni fin, como se ha supuesto que es Dios. Plantea la misma
distancia desde su centro hasta cualquier punto de la circunferencia, lo mismo
que la Divinidad lo está de cada uno de nosotros. El círculo encarna la
totalización de la psique; Dios, la de la vida. El círculo lo abarca y encierra
todo. Como lo ha explicado tantas veces Mircea Eliade, el simbolismo del
círculo implica el del eje del mundo. Del centro de dicha figura nace un eje
vertical que une el cielo y la tierra, el arriba y el abajo. En fin, el círculo
une al hombre con esa fuerza incognoscible y superior que marca la pauta de
toda vida, incluida la suya, esto es, el destino. De este modo, retomando lo
dicho hasta el momento y sintetizándolo, podríamos aseverar que el destino es
un regalo sin defecto.
Frodo
deseó muchas veces que el anillo nunca hubiera llegado a él, que jamás hubiera
tenido que vivir tantos reveses. Y, sin embargo, finalmente comprende que el anillo
de poder era su destino y que éste era intransferible. Un destino no puede
ser cambiado por otro. De allí que el anillo de poder no lo use Frodo en ningún
otro dedo, sino en el índice, encarnación del “yo”, de la individualidad. Es el
dedo que apunta y dice “Yo te amenazo”, “yo te elijo”, “yo te señalo las
cosas”, “yo te ordeno”. No se trata de un anillo de bodas, anular, aunque, en
definitiva, no se distancia demasiado de él dado que todo destino es un
casamiento, una ligazón con la vida.


De
esta manera, el destino es una materia que, transformándola, te transforma. El
trabajo constante sobre tu propia maldad (materia prima) te permite convertirla
en algo útil y superior, lo cual involucra tu propio cambio. Pero, como hemos
dicho que el destino no es una isla en el océano, la transmutación de la
oscuridad interior por parte de Frodo produjo sufrimiento en unos (las
desventuras del grupo en calidad de escolta de Frodo en su itinerario épico, o
el dolor infligido a Sam, su amigo inseparable, mutación moderna de un Sancho
Panza). De esta guisa, vivir el destino individual conlleva una gran cuota de
sufrimiento propio y una cuota relativa de sufrimiento ajeno. Sin embargo, la
realización de su destino, hizo que Frodo generara también enseñanza y victoria
colectivas, el inicio de una etapa nueva plena de esperanza y paz. Por lo
tanto, el destino propio también puede iluminar a los demás.
No obstante, para lograrlo, es necesario lidiar con los bienes inferiores (amor al poder, fuerzas autodestructivas, sexualidad sin propósito, odio, y un largo etcétera) y ubicarse en ese eje vertical del que hablábamos previamente, el eje vertical que une lo abyecto con lo sublime. Es el eje escorpiano que va de la serpiente al águila. De hecho, la película es abundante en imágenes plutonianas (Plutón como planeta regente del signo Escorpio). La misma Montaña del Destino es la mismísima imagen de Plutón-Hades con su lava ardiente en calidad de fuego subterráneo, con toda la carga de destrucción que trae implícita.
Otro tanto
sucede con las Minas de Moria, lugar del inframundo en el que se desencadenan
fuerzas instintivas y básicas. Una prueba de que esos espacios plutonianos
implican una transformación en el eje vertical es el hecho de que la caída de
Galdalf en el abismo implicó una lucha contra el lado más básico y profundo del
Mal para, después de haber sufrido una “muerte”, renacer ostentando una magia
superior y más poderosa que lo hace digno de llamarse, en su segunda etapa,
“Galdalf el Blanco” (en oposición a su vida anterior o “Gandalf el Gris”). Esa
nueva magia es una forma alegórica de aludir a la conquista de los bienes
superiores a partir de la lucha contra el Mal Interior. Lo mismo sucede con la
Montaña del Destino, la cual implica el momento decisivo en el que Frodo debe
“quemar” su propio Mal para poder renacer. Los dragones y el ejército nacido
subterráneamente por órdenes de Sauron son algunas imágenes más del mundo
inferior propios de Plutón-Hades. La araña, otro símbolo escorpiano junto al
alacrán y la serpiente, es una de las imágenes decisivas de la película, cuando
en su versión gigantea pica a Frodo, dejándolo “como muerto”. Las
transformaciones plutonianas implican muertes y renacimientos. Frodo es
“muerto” muchas veces durante el filme: cuando el Nazgul lo hiere con la espada
o cuando el Troll lo ataca con la lanza son dos ejemplos de ello.
Las
sucesivas “muertes” y “resurrecciones” de Frodo no son otra cosa que una
alquimia interior en la que la materia burda, ordinaria (el Mal interior) es
transformado en sucesivas fases (partes del viaje experiencial) hasta lograr un
bien superior. El Mal propio es un metal que, como lo expresaban los
alquimistas babilonios, requería la tortura para poder brindar
resultados. En este sentido, la oscuridad conduce a la luz. Por consiguiente,
el destino propio siempre implica una oscuridad que nos pide ser transformada
en procesos que involucran muertes y renacimientos y que aspiran a la
autosuperación y a la totalización.

No
obstante, Frodo, una vez que está en el borde del abismo, con el anillo
pendiendo de su mano, duda y, fascinado por el poder que ejerce ese objeto
diminuto, decide no lanzarlo. Smeagol, una suerte de alter ego, que
representa la parte pútrida de Frodo, se lanza sobre él y le arrebata el
anillo. Para lograrlo, se lo arranca con los dientes, desprendiéndole buena
parte de su dedo índice. Luego de un forcejeo engorroso, caen los dos. Sin
embargo, en el último instante, Frodo logra aferrarse al borde del abismo
mientras Smeagol se hunde en el fuego con el anillo. Frodo, en su última
traición a sí mismo, logra desprender su “yo oscuro” hacia la profundidad
convulsa del fuego subterráneo. Y como recordatorio de esa herida profunda y de
esa pérdida, está la ausencia de su dedo destruido en batalla.
Y
es que algo que la película deja claro es que cuando en el individuo se operan
transformaciones tan radicales, no se puede volver a ser el mismo. Se es,
definitivamente, otro. Frodo, al volver a la Comarca, se da cuenta de que ya no
encaja allí, que simplemente no puede volver al punto de partida. Entonces, se
va, con Galdalf y los elfos y Bilbo hacia otros espacios. Esto resume otra
idea: el destino, como los verdaderos cambios, es irreversible.


* Texto publicado en El Nuevo IPCista, columna "Imágenes del hombre", en dos partes en el año 2008.